Ponència "María al pie de la cruz" en l'acte de reconeixent de "Las mujeres cofrades"



Ahir dissabte 31 de gener, La Hermandad del Cristo de la Agonía y Nuestra Señora de los Dolores de la nostra parròquia, juntament amb la Asociación de mujeres cofrades de Barcelona, va organitzar un acte de reconeixement a "Las mujeres cofrades" en el context de celebració dels 25 anys de la Hermandad. Dins de l'acte la Glòria Vendrell Balaguer va impartir una ponència sobre el tema "La Virgen al pie de la cruz". Transcribim el contingut per als que no vau poder assistir.


En realidad, aunque no sea posible saber cuando nació la Virgen María, obviamente, la Iglesia siempre ha tenido claro que María apareció antes de Cristo en el horizonte de la historia de la salvación. Es un hecho que, mientras se acercaba el acontecimiento de salvación del nacimiento de Jesús, la que había sido destinada desde la eternidad para ser su Madre ya existía en la Tierra. Por eso la llamamos «estrella de la mañana» (Stella matutina). En efecto, igual que esta estrella junto con la «aurora» precede la salida del sol, así María desde su concepción inmaculada ha precedido la venida del verdadero sol: Jesús, el Salvador.


La falta de pecado de María no es por sus méritos; no es algo que haya alcanzado ella, sino un puro don de la «gracia» de Dios. Es el misterio de la gratuidad, que no es solo para María sino también para cada uno de nosotros. Para entenderlo tenemos que remontarnos al principio.

Dios no creó a Adán y Eva sujetos a pecado, sino que los creó buenos, felices, llenos de vida… Fue después, por la experiencia de pecado, que experimentaron la infelicidad, la insatisfacción…. Por eso tiene sentido que los nuevos Adán y Eva, Jesús y María estén libres de pecado, inmaculados… igual a nosotros en todo, menos en el pecado, según el plan inicial de Dios. 
 
María debía ser sin más remedio superior a Eva, por eso se le llama “La nueva Eva”. Este es el dogma de la Inmaculada Concepción.


Para comprender qué significa el embarazo santo de María , María embarazada de Jesús, tenemos que sumergirnos en la expresión “María, arca de la alianza” que rezamos en las letanías del rosario. Y para entender qué significa esto, también tenemos que remontarnos al Arca de la Alianza, el recipiente sagrado que guardaba las tablas de la ley, el maná del cielo y el cayado de Aaron en la parte más santa del templo de Jerusalén, porque Israel creía que ese era el lugar al que descendería Dios desde lo alto para «reunirse» con su pueblo.

Esta antigua arca había de ser pura y estaba revestida de «oro puro», Por tanto, la nueva arca, María, mayor aún que la anterior, también debía estar libre de impurezas y ser completamente santa. María es la vasija sagrada, el recipiente, el vientre santo que custodia a Dios mismo, la Palabra hecha carne. En el vientre de María fue donde descendió Dios desde lo alto para reunirse con su pueblo y no en el templo de Jerusalén, como creían.

Si la madera de la antigua arca era «santa» e «incorruptible», mucho más debía serlo el cuerpo de María, nueva arca, que fue también, no solo santa, sino libre de la corrupción de la tumba, puesto que ya sabemos que el dogma de la Asunción nos dice precisamente esto, que fue llevada al cielo sin pasar por la muerte. Es el misterio de la “Dormición”.

María es el auténtico sagrario, es el arca del Espíritu Santo, tal como también rezamos en las letanías del rosario
 

Normalmente, pensamos en una sola Anunciación, en un solo anuncio, el del ángel Gabriel, que anuncia a María que será la madre del Mesías.

Pero hay una segunda Anunciación, un segundo anuncio, el de Simeón … Un anuncio que tiene mucho que ver con el tema de hoy: “”Una espada te traspasará el alma“” le dice Simeón… y esto nos lleva a “María a los pies de la cruz, la Virgen de los Dolores” …
 
Los dolores de María ya empiezan con la huida a Egipto, con la vida oculta… Pero desde el primer momento, María sabe que ha concebido sin conocer varón, sabe del poder del Altísimo.

Los misterios de Gozo y de dolor en el rosario van juntos, no se pueden separar, y los dos son necesarios para comprender los misterios de gloria.


Fiat que significa sí, que significa confío… me fío de ti…

Una rendija basta para que entre Cristo: eso es el sí de María. Y si entra Cristo, la vida se nos revoluciona y nos permite entrar en la cruz o estar al pie de la cruz como María.

Así pues, este sí de María del principio está íntimamente ligado al sí del final, al pie de la cruz.

El fiat es el abandono: María y Jesús quedan “abandonados” en la Cruz “… ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”, dirá Jesús.

Para explicar el abandono de María, que es lo mismo que explicar la fe de María, porque fe y fiat son de la misma raíz, hemos de recordar a Abraham, del cual decimos que es el PADRE en la fe, porque se fio de Dios y llevó a su hijo al sacrificio, sabiendo que no le abandonaría en la muerte. De la misma manera, María es MADRE en la fe, sabiendo que el Padre no abandonaría a Jesús en la muerte y esperó contra toda esperanza, y el Sábado Santo, mientras todos estaban escondidos y lloraban, ella preparaba la fiesta de la resurrección, por eso el sábado tradicionalmente es el día de María.

Juan Pablo II dijo que la Fe es contacto con la palabra. María es madre en la fe porque está en contacto DIRECTO con la Palabra… es la primera de aquellos de los que Jesús dirá “has revelado este misterio no a los sabios de este mundo, sino a los pequeños…”


Así como la primera Eva invita al primer Adán a cometer el primer pecado, ahora, por el contrario, María invita a Jesús, el Segundo Adán, a realizar el primero de sus «signos».

En el milagro de Caná de Galilea, resuena una frase: “Les falta vino”… Una boda sin vino no se puede, ni se podía concebir. El vino y la fiesta van siempre de la mano. …

Hoy María nos ve a nosotros y se da cuenta de que nos falta el vino, nos falta la alegría, nos falta la fiesta, la plenitud, no somos felices, nos falta lo más importante… Y por eso dijo y NOS DICE: “Haced lo que él os diga”… Esta Palabra hoy también es para cada uno de nosotros.


El evangelio nos cuenta de una mujer que desde la multitud gritó: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!«» (Lc 11, 27).

Pero Jesús respondió «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (cf. Lc 11, 28). Jesús nos enseña cuál es la verdadera maternidad de María, quiere quitar la atención de la maternidad entendida solo como un vínculo de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la acogida de la palabra de Dios.

Vemos lo mismo cuando Al ser anunciado a Jesús que su «madre y sus hermanos están fuera y quieren verle», responde: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (cf. Lc 8, 20-21).

Estas expresiones parecen estar en la línea de lo que Jesús, a la edad de doce años, respondió a María y a José, al ser encontrado después de tres días en el templo de Jerusalén “¿no sabéis que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”

De todo esto vemos, que María es madre, no tanto cuando cuida de nuestras cosas materiales, aunque también puede hacerlo. María es nuestra madre porque nos muestra quién es el Padre, nos pone a su escucha y nos lleva a Él

Esta auténtica maternidad de María está al pie de la cruz. Ahora lo veremos.


Si el pasaje del Evangelio de Juan sobre el hecho de Caná nos presenta la maternidad de María al comienzo de la actividad de Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma esta maternidad de María en su momento culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de Cristo.

Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. «Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores … Despreciable y no le tuvimos en cuenta», dice el profeta ( Is 53, 35) ¡Cómo se «abandona María en Dios sin reservas, ¡cuán poderosa es la acción de la gracia en su alma, cuán penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza!

A los pies de la Cruz se produce el abandono, el fiat total…. María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Es esta tal vez la más profunda «kénosis» (vaciamiento) de la fe en la historia de la humanidad.

María sufre al pie de la cruz de un modo único, de tal forma que la muerte de Jesús también se convierte, no solo en la “hora” de Jesús, sino también en su «hora», la hora de la «angustia» .

SOLA A SOLO, este es el punto, pero no solo el de María, sino el de cada uno de nosotros. Esta soledad es una llamada a cada uno de nosotros, necesitamos con vehemencia ratos de soledad con Jesús, es indispensable està experiència personal.

Así como Jesús es aquel a quien Isaías llamó «varón de dolores» (Isaías 53, 4), la Virgen, madre del Mesías, puede ser invocada como «madre de dolores» ,en latín, Mater Dolorosa.

El libro de la Apocalipsis habla de “una mujer vestida de sol, con los dolores de dar a luz”, dijo el papa san Juan Pablo II que esta mujer se refiere a María, la madre de Jesús junto a la cruz, a la Virgen de los dolores

A menudo tenemos una imagen de María un poco ñoña, como un ser sumiso, que no abre la boca, una imagen endulzada …. Es necesario que abramos los ojos a una María fuerte en la fe, resuelta y decidida a afrontar todos los sufrimientos que ha tenido desde su SÍ, una María que no se amilana ante la dificultad, que aunque tenga el alma atravesada, está al pie de la cruz, sufriente pero enraizada en la esperanza, una María que seguro tuvo que combatir contra la desesperanza de José y de los vecinos de Nazaret que mirarían su vientre con sospecha, contra la desesperanza en la huida a Egipto, contra la desesperanza de los apóstoles trás la muerte de Jesús, contra la desesperanza de las primeras persecuciones…. no en vano se la sitúa siempre en medio de los apóstoles en Pentecostés, ella es la bondad, el alma y la fortaleza, no la imagen blandengue y azucarada que a menudo imaginamos.




En la cruz Jesús dice a María “Ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» dice el evangelio de Juan. (Jn 19, 25-27).

En Nazaret María es madre de Jesús, en Jerusalén, al pie de la cruz, María es madre de la Iglesia.

María no es solo la madre de la Iglesia porque fuese también la madre biológica de Jesús; es la madre de la Iglesia porque aceptó y compartió el padecimiento de Cristo en la cruz, que trajo la redención al mundo. Pero la angustia de María no es estéril, sino fructífera porque, precisamente al morir Jesús, se convierte en madre de otro hijo: el apóstol Juan y con él, madre de todos nosotros.

Brand Pitre en el libro “Jesús y las raíces judías de María” dice cosas interasantísimas al respecto:

HAY ALGO DE SAGRADO, inevitablemente, en las últimas palabras de una persona. Si alguna vez has pasado por la experiencia de acompañar a un ser querido en sus momentos finales, entonces sabes de lo que hablo. Sea tu padre, tu madre, tu hermano o hermana, tu marido o tu esposa, tu hijo o tu mejor amigo, si se te da la oportunidad de escucharlos, jamás olvidas lo último que tienen que decirte. Las palabras finales revelan el corazón de las personas; quién y qué les ha importado en este mundo, y también lo que juzgan crucial decir antes de pasar al silencio de la muerte. Esto mismo ocurre con las palabras finales de Jesús; son trascendentales porque nos revelan su corazón, quién y qué le importaba, y qué consideraba fundamental transmitirnos en los momentos últimos de su vida en esta tierra.

Desde el punto de vista histórico, la respuesta es tan evidente como significativa. En primer lugar, las palabras de Jesús a María y al discípulo amado son una especie de «últimas voluntades y testamento». Como han señalado los estudiosos de la Biblia, en el mundo clásico, un hombre sentenciado a muerte podía legalmente ceder sus posesiones manifestando su voluntad, sin más, desde la cruz.] En el caso de Jesús, por descontado,no había posesiones: ni dinero, ni tierras ni una casa que legar. No tenía ni siquiera ropa, porque los soldados le habían despojado de sus vestiduras y se las habían repartido a suertes (Juan 19, 23-24). El único «bien» que le quedaba en este mundo era su madre. Y también eso lo entregó, muriendo, por tanto, en la pobreza absoluta.

Como han señalado con frecuencia los especialistas, en el judaísmo clásico las relaciones de adopción eran reales, y vinculaban legalmente. Jesús, por tanto, no estaba manifestando un deseo vago de que alguien se «ocupase» de María tras su muerte, sino que declaraba formalmente su voluntad: que María fuese, de verdad, la madre de Juan, y que Juan se convirtiese en su hijo. El discípulo amado acogió a María «para que fuese su madre» y, al aceptar la última voluntad y el testamento de Jesús, su madre se convirtió en la de Juan, y él en su hijo.

Por último, cuando finalmente recibes a María y la conviertes en tu propia madre, descubres algo maravilloso y bello; que ya estaba allí, esperándote. Descubres que María te estaba mirando mucho antes de que te volvieses hacia ella. Descubres que María rezaba por ti mucho antes de que empezases a hablarle. Descubres que María te amaba mucho antes de que aprendieses tú a amarla. Porque eso es lo que ocurre con las madres. Cuando una madre da a luz, ve a su hijo mucho antes de que este pueda abrir los ojos para mirarla. Puede que, por eso, Jesús se dirigiese primero a la Virgen: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Juan 19, 26-27). María también miró al discípulo amado antes de que este la viese.


Como en las hermandades son tan importantes las imágenes, hago un pequeño apunte sobre ello: La iconoclastia fue una herejía de los primeros tiempos del cristianismo, una herejía que quería la prohibición de las imágenes.

Pero diferenciamos entre el uso santo de las imágenes y la idolatría. No es lo mismo divinizar una imagen, que saber que cada una de ellas son vehículo al misterio de Dios. Cuando miramos la fotografía de alguien que amamos, que está lejos o que ha muerto, ya sabemos que solo es una imagen, pero es una imagen que nos lleva a la persona que amamos. Ocurre lo mismo con las imágenes cristianas.

Igual que la Palabra nos posibilita entrar en contacto con Dios mismo, la imagen nos puede servir para lo mismo, no es la Virgen del Rocío. la de Guadalupe, la Moreneta, la Virgen de… es María, madre de Dios, madre de la Iglesia, madre nuestra.









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