Gracias hermanita Carmen
María, más recientemente conocida como hermanita Carmen, tu entrada a la vida religiosa me recuerda al diálogo de Jesús con Nicodemo: “es necesario nacer de nuevo”. Solo el que nace de nuevo, puede vivir el reino de Dios. Este reino que, sin que sepamos cómo, nos va transformando por dentro. Este grano de mostaza que al principio es minúsculo, pero que poco a poco crece, y crece más; hasta que los pájaros anidan en sus ramas.
A veces me siento como esa semilla, pobre y pequeña, en mi incapacidad de posponerme a mí misma, de amar como Jesús ama. Entonces pienso que tú también te has sentido pobre, y que justo esta pobreza es quien te ha conducido hasta aquí, hasta el momento de decir: “sí, quiero, con la gracia de Dios”. Estas palabras, se pronuncien en francés, italiano, inglés o japonés, son esas palabras clave. En las cuales nuestra vida, y la tuya, se centran. Pues sin la gracia de Dios somos como esa viña sin fruto, cómo un árbol seco. Son palabras que giran alrededor de la miseria y la misericordia, que crecen sin parar en este jardín que lleva tu nombre. Carmen. Así has querido llamarte. Porque tu experiencia es este paso de la nada a todo, de la flaqueza a la fortaleza, de la pobreza a la riqueza. Y así de sencillo nos lo explicaste. Aunque es verdad que ya, de por sí, eres una mujer de pocas palabras, lo cierto es que, a veces, pocas palabras bastan para explicar la obra de Dios. Así pues, nos contabas que te sentiste como ese jardín que no puede parar de florecer, donde antes no había nada. Y resulta que, en ese desierto seco y árido, Jesucristo ha plantado un jardín. El jardín de Carmen. Por eso has dicho sí, y no puedes parar de decir sí, pues la promesa es que el jardín se convertirá en un enorme valle con fuentes de agua viva que conducen a la eternidad.
Carmen, tu elección de vida, nos llena de vida. Nos hace patente que lo único que necesitamos es sabernos amados por Dios. Y tú te has enamorado de este amor.
Algunas veces, en nuestras conversaciones, aparecían debates o inquietudes sobre la actualidad: ideologías, problemáticas… entonces tú nos dijiste: al único radicalismo que estamos llamados, es al amor. Porque cierto es, que el amor de Jesucristo es radical. Al igual que la vida que te propones seguir, tan aparentemente contraria a todo.
Y no la sigues con proyectos, ni preocupaciones, ni afán de control (como tantas veces nosotros). Lo haces con la única perfecta ambición del amor. De los dones gratuitos del espíritu santo: la templanza, la paciencia, la esperanza, la fe, y tantos más, que sumado todos, son igual a caridad. Todos esos dones que, cuando veo a esas mujeres vestidas de azul, pienso: ¿de dónde los sacarán? ¿Estarán escondidos bajo el azul de su hábito? ¿Lo tendrán guardado entre el escapulario?
Carmen, te has puesto a prueba a ti misma, o, mejor dicho, el Señor ha permitido que pases por pruebas difíciles antes de decir que sí. También tú, como todos nosotros, has tenido tus ambiciones, afanes, combates. Incluso el postulantado fue para ti un combate. Aunque, como bien nos dijiste, fue un combate de paz, pues ya sabías quién era el ganador. Pues, de todos modos, ¿qué es la vida sino un combate?
Me asombra pensar que tu elección de vida es una llamada a la sencillez, a la pobreza y al amor absoluto. Al olvido de sí: “quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga”. Este negarse a sí mismo no es más que dejarnos de hacer tanto caso, dejar de vivir preocupados por nuestros asuntos, de creer falsamente que nuestras ideas y proyectos son los mejores o los más correctos. Solo un proyecto subsiste por siempre: el de Jesucristo. Y llevarlo a cabo no implica ninguna exigencia más que la de dejarse llevar por ese yugo suave y agradable de su amor.
El 10 de agosto de 2024, vivimos en persona la fuerza de esa radicalidad. Deseo enormemente que el nuevo azul de tu vestido (que, por cierto, para ser tan calurosa, llevas tan agradablemente) tenga el poder de sacudirnos cada día, para que también nosotros, pobres como tú, podamos decir sí al amor y a la certeza de que solo Dios basta.
Gracias, hermanita Carmen.
Alícia Inarejos Vendrell
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